Dirección: Calle de Bailén, 2, 4 y 6.
Ha sido la residencia oficial de los reyes de España desde Carlos III hasta Alfonso XIII, y más tarde de los presidentes de la II República. Desde la década de 1940 su custodia y conservación depende de Patrimonio Nacional, y además de estar abierto al público esta reservado para las ceremonias y actos públicos en los que participa el rey Juan Carlos I como Jefe del Estado.
Su historia comienza en la nochebuena de 1734, cuando un gran incendio redujo a escombros el Alcázar de Madrid, principal centro de poder de la monarquía hispánica y residencia de los soberanos de la Casa de Austria. Felipe V y su familia entonces residían en el palacio del Buen Retiro, pues era conocida la aversión del rey a este edificio de trazas barrocas que en nada se parecía a los grandiosos palacios rococó de su Francia natal.
La desaparición del Alcázar y la construcción de un nuevo Palacio Real iban a permitir al primer soberano de la Casa de Borbón mostrar la imagen de la nueva monarquía. Así, Felipe V dispuso que el nuevo palacio fuera digno de una capital monumental, con capacidad para albergar no solo la residencia de la familia real, sino también a diversas instituciones político administrativas de la corona. La construcción del nuevo palacio, sin duda el edificio más importante que aparecerá en Madrid en el siglo XVIII, tenía, según Marín Perellón, una triple finalidad: de cara a la nación como muestra de las reformas; de cara a los otros príncipes para recalcar la grandeza del monarca y de cara al pueblo como símbolo de la reforma, pero sobre todo de la fuerza de la monarquía.
La traza del nuevo palacio fue encargada al italiano Filippo Juvara, quien vino a Madrid en 1735 para hacerse cargo de su construcción. Desde un principio, Juvara tuvo en mente la realización de un gran palacio comparable con el de la corte de Versalles, y proyectó un colosal edificio tres veces mayor que el actual. Evidentemente, el emplazamiento del antiguo Alcázar era inadecuado para una obra de tal envergadura, por lo que dispuso que fuera construido en los altos de San Bernardino, en torno a la actual calle Isaac Peral. Pero Felipe V, rechazó inexplicablemente el proyecto de Juvara, imponiéndole que el nuevo palacio fuera construido sobre el solar del antiguo Alcázar. Esta decisión contenía una carga simbólica y política de primera magnitud.
Tras la muerte de Juvara en marzo de 1736, Felipe V quiso que fuera su discípulo Juan Bautista Sachetti quien adaptara el proyecto de Juvara al solar del antiguo Alcázar. Este emplazamiento era mucho más pequeño que el elegido por su maestro, por lo que Sachetti tuvo que modificar notablemente el proyecto inicial, haciendo vertical, lo que Juvara había proyectado como horizontal. Esto no quiere decir que el proyecto de Sachetti fuera minimalista, pues junto a la construcción del palacio había recreado todo un espacio áulico o cortesano que se prolongaba hasta la Basílica de San Francisco el Grande, con la construcción de una catedral y un viaducto que salvaba el desnivel de la vaguada de la calle de Segovia. La limitación de recursos aconsejo acometer exclusivamente las obras del palacio, aunque la idea del viaducto de Sachetti no se olvidaría.
A Sachetti por tanto, se le debe el diseño de la planta general, que sería cuadrada y dispuesta entorno a un solo patio principal rodeado de un pórtico y galería con nueve arcos de frente en cada lado. Además, se aprovecharían parte de los cimientos y los sótanos del antiguo Alcázar, sobre todo, los muros de contención que salvaban el abrupto desnivel del Campo del Moro, e incluso se siguió conservando la toponimia de las torres antiguas (torres del rey, del príncipe, de la reina y de la princesa).
Las obras comenzaron el 7 de abril de 1738 con materiales que resistieran al temido fuego; esto es, la caliza de Colmenar de Oreja para fachadas y ornamentos, el granito de Guadarrama, Villalba, Becerril, Galapagar y otros lugares, para muros y cimentaciones; el ladrillo para suelos, muretes y bóvedas; los jaspes para columnas y basamentos se trajeron de El Molar, Lanjarón, El Espejon, la Mañaria, Pedro Muñoz, Tortosa, Los Yébenes y Villamayor de Calatrava; y el mármol para los relieves de la fachada, los peldaños de las escaleras y otras decoraciones de la localidad almeriense de Macael, Valencia, Novelda, Montesclaros y Granada. El uso de la madera se redujo estrictamente a lo necesario.
Para la construcción del palacio se movilizó a buena parte de canteros, carpinteros, trajineros, yeseros, oficiales y aprendices de los gremios de Madrid, incluso vinieron de las provincias vascas buen número de canteros y tallistas, pues tenían fama de ser los mejores del país. Todos estos trabajadores se sumaban a buen número de artistas, maestros y artesanos que habían venido desde tierras italianas y francesas. Al frente de todos ellos se encontraba el turinés Juan Bautista Sachetti, arquitecto mayor de las obras del rey, asistido por los cuatro arquitectos que se encargaban de construir cada una de las torres del nuevo palacio, a la sazón Virgilio Ravaglio, Juan Tami, Pedro Frasca y José Lezzen. Con posterioridad, Carlo Giamboni y Andrés Rusca sustituyeron a Ravaglio y Lezzen. Tal mezcolanza de gentes, técnicas y formas de entender la arquitectura, la escultura y la pintura permitió convertir las obras del palacio real en un auténtico laboratorio de experimentación en el que aprendieron Ventura Rodríguez, José de Hermosilla y otros grandes artistas que trabajarían durante los reinados de Carlos III y Carlos IV.
La organización técnica de las obras estuvo bajo la dirección de un secretario de Estado del rey, con el que realizaba las consultas pertinentes sobre la marcha y las necesidades de las obras. Por debajo se encontraban un intendente, que era el responsable directo de las obras y entendía en la contratación de mano de obra y materiales; un tesorero, un contador y un comisario de obras. Este último cargo lo ostentaba Carlo Sachetti, hermano del gran arquitecto. Las obras fueron en buena medida sufragadas con las rentas estancas que se obtenían del tabaco, además de otras contribuciones y rentas de la Corona.
Durante los primeros años la construcción fue lenta, de tal manera que cuando Fernando VI sube al trono en 1746 sólo se había realizado la planta baja del edificio, así como las bóvedas que soportaban el suelo de la planta principal. Bajo su reinado se terminará la obra global del palacio y sus exteriores, se construirá y decorará la Capilla Real y se comenzarán a pintar algunas estancias como las dos cajas de la escalera principal que nunca llegaría a construirse. De las decoraciones escultóricas de fachadas, estatuas del patio interior (1751) y de la balaustrada se encargaron Doménico Olivieri y Felipe de Castro; de las composiciones artísticas y de las pinturas de los interiores se encargó Corrado Giaquinto (entre 1753 y 1762); de los estucos Juan Bautista Andreoli (desde 1753) y de las puertas y ventanas en caoba maciza el ebanista Mateo de Medina (década de 1750). La aversión que Fernando VI sentía hacia su madrastra Isabel de Farnesio, que desterró de la corte a comienzos de su reinado, quedó de manifiesto al excluirla de las estatuas de los reyes españoles que se estaban haciendo para ornamentar las fachadas y la balaustrada del palacio.
Cuando Carlos III subió al trono en 1759, además de reparar esta afrenta a su madre retirando todas las estatuas, se obstinó en darle un impulso definitivo a la terminación de las obras del palacio. Por orden del rey fueron cesados en sus cargos Sachetti, Giaquinto y los principales cargos que estaban al frente de las diferentes dependencias y oficios que se encargaban de la construcción del palacio. Desde este momento la dirección de obras y su intendencia recaían en el flamante arquitecto y militar Francisco Sabatini, que había llegado a Madrid con Carlos III desde Nápoles.
Con Sabatini la organización de las obras y el diseño de las decoraciones tomaron un aire más militar, y cuatro años después, el 1 de diciembre de 1764, Carlos III y su familia se convirtieron en los primeros moradores del palacio. No obstante, todavía faltaba mucho por hacer, como el acondicionamiento y las decoraciones de buena parte de las salas. Para este cometido Carlos III hizo venir a Madrid a los mejores artistas del momento. El decorador Matias Gasparini se encargó de diseñar y embellecer buena parte de las estancias que componían el cuarto del rey; para pintar los frescos de las bóvedas se hizo venir a Madrid al bohemio Antonio Rafael Mengs (1761) y al veneciano Juan Bautista Tiépolo (1762), junto con sus hijos y colaboradores como Doménico y Lorenzo Tiepolo, Francisco Bayeu, Mariano Salvador Maella y Antonio González Velázquez; de los estucos se encargaron los hermanos Brilli y Michel, e incluso se sustituyeron todas las puertas y ventanas que se habían realizado a comienzos de la década de 1750. Buena parte de las nuevas decoraciones del palacio se realizaron en las Reales Fábricas de Cristales de la Granja, de Porcelana del Buen Retiro y de Tapices de Santa Bárbara.
La creciente centralización de la administración puso de relieve la necesidad de espacio que precisaban algunas dependencias de la Casa Real y del Estado, razón por la que en 1772 Francisco Sabatini comenzó el «aumento» o ampliación de la torre sureste. Con el inicio de estas obras, que alteraban la simetría del proyecto original de Sachetti, también comenzaba un largo periplo de obras y derribos que se prolongarían prácticamente durante todo el siglo XIX. Así, durante el breve reinado de José Bonaparte (1808-1813) se produjeron los derribos de casas que había junto a la fachada oriental del palacio y cuyo solar Narciso Pascual y Colomer transformaría en la monumental plaza de Oriente (1844). El mismo arquitecto se encargaría del cerramiento de la plaza de la Armería, obra que culminaría en 1892 el también arquitecto Enrique María Repullés y Vargas, con el derribo de las antiguas Caballerizas y la Armería Real, y con el cerramiento definitivo a través de una verja.
Las decoraciones de las salas también fueron objeto de profundas transformaciones estéticas durante el siglo XIX. Del reinado de Carlos III se conservan prácticamente intactos el Salón del Trono, el Salón de Gasparini, la Real Capilla, la Sala de Porcelana, el Salón de Alabarderos y buena parte de los frescos que se pintaron en techos y bóvedas. El resto de las salas fueron cambiadas por los sucesivos soberanos predominantemente en estilos imperio y neoclásico. Y es que cada vez que subía al trono un soberano hacían reformas y se cambiaban las decoraciones y el emplazamiento de sus habitaciones en palacio. Las más conocidas fueron el cambio de orientación de la escalera principal que realizó Sabatini por deseo de Carlos IV en 1789, y la construcción del Comedor de Gala por José Segundo de Lema en 1879.
Junto al Palacio, además de la Plaza de Oriente, hay dos espacios verdes que realzan la belleza del entorno. Frente a la fachada occidental se extienden los jardines del Campo del Moro, que debe su nombre al sitio que realizaron los musulmanes en el siglo XII para intentar tomar la ciudad. Cuando Felipe II estableció la corte de la monarquía en Madrid compró este espacio para dedicarlo a cazadero y sus sucesores lo utilizaron para celebrar festejos y ceremoniales cortesanos. Durante el siglo XVIII, y a raíz de la construcción del nuevo palacio, se intentó mejorar el aspecto de los jardines, pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando el paisajista catalán Ramón Oliva le da el diseño definitivo (1890). Las fuentes de los Tritones y de las Conchas fueron ubicadas en los jardines durante el reinado de Isabel II. Por último, frente a la fachada norte, y en el lugar donde estuvieron las dependencias de las antiguas Caballerizas Reales, Fernando García Mercadal realizó los Jardines de Sabatini a comienzos de la década de 1930, siguiendo un proyecto original del propio Francisco Sabatini.
El resultado de este largo proceso histórico es, sin ninguna duda, uno de los palacios más bellos de Europa, ya no solo por su arquitectura, sino también por las numerosísimas obras de arte que decoran sus salas. |